viernes, 15 de noviembre de 2013

Cuentos y poemas en mi desván


Dos amigas y lectoras de este blog me proponen temas para escribir sobre diversas etapas de nuestra vida estudiantil y después las complaceré. Mientras tanto, con varias ideas en el tintero, decido buscar en el desván algo de lo que he escrito en tiempos pasados. Son propuestas que transgreden las fronteras de la crónica periodística para adentrarse en el mundo de los versos y las narraciones breves.

Quiero presentar en este, mi espacio personal, a la mujer que no encuentra el tiempo para expresarse en una forma que diste de las urgencias del oficio de reportera. Les entrego, entonces, una muestra de mis dilemas e indecisiones... como profesional de la palabra.
   


"Dilema"

A considera un castigo soñar con E. Y aunque el sexo con I sea bueno - y A suele considerarlo muy bueno -  irremediablemete sueña con E. El problema es que los desencuentros hacen su historia con E y aún no existe un epílogo.

Por eso, cuando I duerme, tras una sesión de amor, A cierra los ojos y aparece E. A menudo se presenta en escenas tan triviales como la de comer una panetela borracha y fundir luego su boca almibarada con la de A. Prolongan ambos el placer de compartir la saliva dulce, sentir la suavidad de los labios y disfrutar la tibieza de sus lenguas... Y es ahí, cuando despierta A, con genio y decepción. Con muy mal genio, sobre todo, porque sabe que al beso de su sueño no lo superará nunca ni un sexo de película.


 "Indecisión"

A veces tengo ganas de que mueras,
para ver si con ello amaina esta lluvia de deseos.

Pero dudo. 
Tal vez arrecie,
y temo entonces aficionarme a la necrofilia.
Mejor, te quedas vivo.


domingo, 6 de octubre de 2013

Erase una vez en una escuela de arte...




Una querida amiga está en la India por cuestiones de trabajo. Desde lugares de ensueño llegan sus fotos vía internet. Y me alegra que alguien tan cercano a mi, de cuando cursaba estudios primarios y luego los secundarios en la escuela de arte de Las Tunas, pueda apreciar los encantos de un país milenario.
Varios de los condiscípulos de aquel centro de enseñanza artística  han cruzado los mares, algunos temporalmente y otros de manera definitiva. También hay quienes, tristemente, ya dejaron de existir.
No obstante, más allá de las distancias físicas y las del calendario, tengo la certeza de que en todos, lejanos y cercanos, habitó o habita la añoranza por la adolescencia vivida en nuestra pequeña escuela “El Cucalambé”. ¿De qué otra forma podría llamarse un colegio de artes enclavado en la ciudad de Las Tunas?
Allí coincidimos en la década del ochenta del pasado siglo muchos  niños con vocación para la música o para las especialidades de la plástica. Para figurar entre los últimos fue necesario aprobar un examen de actitud a fines de sexto grado. En él tuvimos que dibujar mucho y pasar una prueba teórica en la cual debíamos reconocer obras universales y cubanas como “El rapto de las mulatas”, de Carlos Enríquez, o "Gitana tropical", de Victor Manuel.
Finalmente, los aprobados iniciamos en septiembre de 1981 nuestros estudios de pintura, escultura, diseño, grabado, historia del arte y otras disciplinas. Matizábamos la gran carga académica con travesuras típicas de la edad. Las clases de escultura, por ejemplo, solían convertirse en remedos de batallas navideñas en frías latitudes, solo que en nuestro caso la temperatura era cada vez más alta y las bolas no eran precisamente de nieve, sino de barro húmedo. Además de la consabida suciedad que implicaban tales enfrentamientos los contrincantes solían ofenderse con los motes de ocasión: Moropo, Ruix la Peste, Mandarria, Yeyo Verdecia, Picornio… en fin, los apodos no escaseaban en aquellas contiendas.
Tampoco olvido las primeras sesiones de trabajo con modelos desnudas, en pintura o escultura. Mis compañeros, en plena revolución hormonal, se abalanzaban en tropel hacia el baño en los cinco minutos de descanso. Con el tiempo se acostumbraron.  
Acude también a mi mente la reiterada costumbre de los chicos de mi aula de frotar exageradamente un imaginario y gigantesco chichón (podía medir hasta más de un metro) en la frente de aquel o aquella que erraba en una respuesta a un profesor. Por lo general lograban avergonzar a la víctima.
Sin embargo, algunos de estos propios muchachos aficionados a tan pesadas bromas eran capaces de conversar con las niñas sobre buen cine, intercambiar libros y hasta compartir sugerencias de cómo tornar más placentero el descubrimiento de obras como “Cien años de soledad”. Especialmente evoco con cariño el juego de las capitales de países, en él establecíamos apuestas para ver quien identificaba las más remotas y exóticas urbes.
Además, esos mismos chicos, aparentemente tan sangrones, resultaban confiables camaradas para asistir a fiestas sabatinas y hasta carnavalescas, al menos así lo corroboraron nuestros padres cuando ya estábamos por finalizar la secundaria.
Estos son apenas atisbos de un tiempo que se me antoja sano y feliz, ese en que el influjo de los primeros romances flota en el ambiente y confiere magia a la más trivial circunstancia.  Un paréntesis de la vida en que alternan la tristeza y la alegría y que recibe el nombre de adolescencia.
De ella seguiré hablando, pues una vez que se entra a un mundo de   adorables nostalgias hay que continuar. La locura de nuestro grupo de escolaridad, donde las trompetas, las baquetas y las flautas animaban el cambio del turno de Historia al de Matemáticas es, a no dudarlo, un buen recuerdo y revivirlo es grato. Sé que mis amigos de la escuela de arte me darán la razón.

domingo, 17 de marzo de 2013

Con chancleticas al cielo...



Quienes me acompañan desde la primera palabra de esta publicación conocen ya a mis abuelas y ahora vuelvo a aludir a la materna, tan peculiar ella como su nombre que, por cierto, era Prudencia.

La madre de la autora de mis días rendía honor a su patronímico y solía meditar muy bien sus actos. Muchas veces hacía que quienes la rodeaban también fueran prudentes y lo lograba con oportunos y atinados consejos. Tales consejos eran siempre aderezados con refranes. 

Si, en efecto, mi abuela era de esos seres que matizaban su plática con sabias sentencias populares y, además, con simpáticos dicharachos, muchos de los cuales se los escuché decir a ella y a nadie más.

Entre sus numerosos dichos figuraba uno que motivó una curiosa anécdota. Sucede que a menudo mi abuela se refería a algún familiar o amigo con la siguiente frase "Fulana o Mengano va a entrar al cielo con chancleticas y todo..."

Mi hermanita y yo escuchábamos ese comentario y nos mirábamos intrigadas. En mi caso, con el raciocinio de mis siete años, me percataba de que los merecedores de ascender al reino celestial tan cómodamente eran personas asiduas a nuestra casa que se destacaban por su bondad y disposición para servir al prójimo. Entonces, pude formarme una idea bastante cercana al significado de la frase. Pero su connotación para mi hermana de cuatro años adquiriría otros ribetes.

Sucedió que un día mi madre hacía la habitual limpieza del patio y, luego de recoger la basura en un saco, decidió incluir entre lo desechable un par de chancletas viejas de mi abuela, previo consentimiento de esta, pues solo eran usadas para lavar. Finalizada la tarea, el saco fue colocado en la calle, al lado de la portada del patio, donde a la mañana siguiente sería recogido por el carretonero que transportaba la basura.

Hasta ahí todo en orden, pero cuál no sería la sorpresa de mi madre, cuando al otro día descubre bajo el lavadero, o sea, en su sitio acostumbrado, el par de chancletas viejas que estaba segura de haber botado. Extrañada preguntó a mi abuela si ella había recogido el casi inservible calzado y esta lo negó, entonces se repitió la operación de la jornada anterior y  el hecho se olvidó.

Sin embargo, cuando nuevamente y como por arte de magia las consabidas chancletas aparecieron en el patio, mi madre, con la certeza de no estar loca, decidió aclarar el asunto que ya tomaba visos de misterio. 

Tras acopiar la basura, colocó por tercera vez, las chancletas encima de todo e hizo un amarre fuerte. Listo el saco para la recogida matinal se dedicó a vigilarlo y se admiró sobremanera al descubrir a mi hermana desatando la soga y rescatando las chancletas para llevarlas a hurtadillas al lavadero. 

Fue allí, cuando se disponía a devolverlas a su sitio, que la sorprendieron in fraganti. Entre sollozos mi dulce hermanita explicó entonces el motivo de su "delito" "!Mamá, tú no puedes botar esas chancleticas, porque son las de mi abuela entrar al cielo!"

Es de suponer que, ante semejante argumento, la niña fue consolada con muchos besos y abrazos. De más está decir, que las viejas chancletas volvieron invictas a su lugar de honor, bajo el lavadero, y permanecieron allí, felices y respetadas, por muchos, muchos años....