miércoles, 28 de septiembre de 2016

Por un tilín

Mi hijo transita por los años de la adolescencia y, ante cada desafío educativo que -cual gigante- se planta a menudo delante de mí, suelo refugiarme en el recuerdo tierno de algunas anécdotas divertidas protagonizadas por mi unigénito en un pasado todavía reciente.
Una de ellas tiene que ver con la enseñanza de la historia. Resulta que llegó a su escuela una de las llamadas visitas de la nacional o del nivel central, como también jocosamente se nombra en provincias a las inspecciones de las instancias habaneras de cualquier sector.
La comitiva evaluadora se presentó en el aula de segundo grado de mi niño y entregó papelitos para una sencilla comprobación. Verificarían algunos conocimientos básicos de los pequeños en torno a héroes de la patria, toda vez que en el primer ciclo de primaria aún no se imparte la asignatura de Historia de Cuba.
Concretamente los estudiantes debían escribir dos oraciones sobre el Che. Los alumnos pusieron manos a la obra y en medio del silencio mi hijo levantó la mano y desinhibido, como era en esa época, preguntó:
-      Maestra ¿cómo se escribe pollo?
Su profesora, robusta docente de más de treinta años de experiencia, picada por la curiosidad y evidentemente un tanto molesta le espetó en voz alta:
-      Pollo se escribe con doble L… pero, a ver Eduardo, léeme ahí tu oración ¿se puede saber que estás poniendo sobre pollo en algo acerca del Che?
Ni corto ni perezoso el interpelado leyó:
-      El Che peleó valientemente en el Combate de Pollito.
La maestra rio estrepitosamente. Al instante había comprendido lo que sucedía y de inmediato lo explicó a la visita. La semana anterior se había hablado en el matutino del combate de Alegría de Pío. Entonces la carcajada fue general.
Los educadores habaneros quisieron llevarse la pregunta escrita de mi hijo como recuerdo y, más allá de lo hilarante de la situación, al chico habría que felicitarlo. En primer lugar había demostrado que en la escuela se hablaba de historia fuera de las aulas, pero además resulta encomiable el hecho de que no se conformó con mencionar virtudes del heroico guerrillero, quiso ser más específico y citar un determinado hecho, admira también el despliegue de recursos nemotécnicos que en segundos revolucionó su cabecita de siete años en aras de recordar el nombre de la batalla citada.
Como se dice en buen cubano solo falló por un tilín porque, a fin de cuentas… ¿quiénes pían más alegremente en este mundo? Los pollitos...

lunes, 27 de junio de 2016

Esencias de una mujer y su ciudad

Vuelvo en mi desván a compartir el espacio con seres bien espirituales. Se trata de una amiga filóloga de profesión y escritora de vocación. Hace poco caminó por Las Tunas, después de la lluvia, y en el intento de captar el alma de su ciudad terminó reflejando la suya. Valoren ustedes, mis lectores, este material de la colega Tahaní Martínez Rivero... espero que lo disfruten como lo hice yo.

LA PAZ DEL AGUA




El jueves después de la lluvia caminé tranquila por la ciudad y disfruté de esa gentileza  que queda en el aire  tras un buen aguacero. Avancé pensando en los sueños que tiene una de conocer grandes ciudades, ciudades famosas, de ensueño, y sin embargo, tal vez, no es capaz de ver y entender los detalles que adornan las calles qua uno transita, a menudo, desde niña. Me detuve en el parque Maceo, en los árboles, en los monumentos, en los faroles, en los bancos, en las flores desgajadas rutilando en el agua.
Vi cómo la vida continúa maravillosa  después de la paz del agua, los muchachos jugando futbol ya refrescados, la novia  buscando al novio en el ciberespacio, la algazara de un grupo tratando de arreglar al mundo, más allá mi amiga entrañable con su hijo, un amigo de mi hijo al paso con su padre, floreciendo la opuntia brava, conviviendo flores y espinas. Me sentí respirar tranquila y le di gracias a Dios por hacerme ver la gracia cotidiana.
En la Plaza Cultural me recibieron unas palomas que confirmaron el tono apacible de la tarde, la magia de mi ciudad, sus losas sedientas y agradecidas, su magnanimidad. Con mis ojos miopes, movidos solo por la curiosidad, seguí haciendo fotos con mi celular. Son fotos sencillas sin información consabida de fotografía, no son para ser evaluadas, para impresionar, son para detenerse en nuestra ciudad y amarla.
De momento me asaltaba el susto de mis gestiones pendientes y me preguntaba sobre mi tiempo, mis hijos y mi madre esperándome en casa, pero el ambiente me embriagaba, me llevaba, me detenía. Y es que es necesario detenerse para acercarse al alma secreta de los lugares, las personas,  de ciertos detalles que constituyen la gloria de un solo día. Nuestra ciudad en los últimos años ha sido muy remozada y aún queda mucho por hacer todavía pero es hermoso y vital reinterpretarla después de la paz del agua.


martes, 29 de marzo de 2016

Del pasado reciente de una amiga



Saben mis lectores que, como buen desván, este blog tan solo contiene recuerdos entrañables. Por tanto, en él encontrará crónicas de remembranzas más cercanas o lejanas en el tiempo, mías o de colegas cuyo estilo roza con lo literario... He aquí una propuesta de algo acaecido en el pretérito reciente a una periodista con quien compartí en el último festival de crónicas de la bella ciudad de Cienfuegos.

Maldita  wifi del día después
Por KATIA SIBERIA
Como las resacas de menta, como las reuniones estériles y prolongaaaaadas, o como una cola de papa a 39 grados Celsius. Así de horrible es la wifi del día después, sobre todo si tienes a una niña de cuatro años al  lado y al otro lado (del mundo) a su padre.
Porque una vez que se te ocurra inaugurarle la wifi, sacarle al padre del desierto argelino y ponérselo en la cara es muy probable que, como yo, comiences a quedarte sin respuestas y a confundirte y a disimular y a convencer (te) de que casi nadie en esta vida está preparado para decir adiós. Y terminas maldiciendo a la wifi que no tienes (o no puedes) y agenciándote un doctorado en economía familiar que te costee la adicción, la eufemística adicción de una vez por semana.
Tú sabes mentir, lo haces perfectamente: estamos bien sin ti,  no te preocupes que aquí esto está de maravillas, el sacrificio y la distancia  tienen sus recompensas…Pero a los cuatro años no se es tan falso y una niña sí dice quiero que vengas ya, y por qué tú te fuiste, y pega el cachete al teléfono para que le den un beso y choca con la pantalla del Sony, que ni en su generación más avanzada ha logrado trasmitir semejante sensación, a pesar de que, dicen, experimenta con olores y en el futuro podremos olfatear a nuestros seres, vía Internet.
No es ahora, sin embargo, ahora solo lo ve y lo oye, a veces ninguna de las dos, a veces solo una de las dos. La niña te mira y te pregunta por qué en el parque podemos ver a papito y en la casa no, y por qué no vamos todos los días al parque, y por qué, mejor, él no viene pal parque, y que por qué se oye tan bajito (esa es fácil porque le dices que está muy, muy lejos). Y ella no entiende y yo la entiendo a ella.
En algún momento nos hacemos muecas tripartitas distendiendo la congoja y llegan esas rachas de dientes por las que yo comería huevo frito toda la semana, solo para pagar el “exceso” de conectividad. En ese instante bendigo a la wifi e ignoro a la señora contemplativa que creí me diría que esas sandalias, las de maripositas que él le enseñó a la niña, no le iban a servir. ¿Son pa ella, no? hubiera rematado, si se hubiese atrevido a hablar del mismo modo en que observó.
Pero ni siquiera la imprudencia, la incomodidad o los minutos que vuelan me hacen maldecir la wifi, así como se odia una resaca, la cola y la esterilidad.
Solo mi hija, al día siguiente, cuando despierta y me pide el teléfono pa enseñarle a papito un dibujo que se le olvidó.